Sí, los chatbots de IA tienen sesgos políticos (y religiosos)

Los argumentos conservadores aparecen menos que los progresistas en casi todos los chatbots, aunque con importantes diferencias según el modelo
Fernando Rodríguez-Borlado
(Aceprensa)
El uso de chatbots guiados por IA –ChatGPT, Claude, Gemini, DeepSeek o Grok, por citar los más conocidos– no para de crecer, ya sea como “mediadores” para acceder a información o como “consejeros” en distintas materias, desde cuestiones cotidianas sin demasiada importancia (¿echo o no echo vino blanco al risotto?) a otras con implicaciones más serias (¿eutanasia sí o no?; ¿a quién debería votar en las próximas elecciones?).
Para este segundo tipo de preguntas, en principio todos esperamos que nuestro “interlocutor” sea imparcial, que no nos manipule, que no “nos dé la razón como a los tontos”; o, al menos, que no se invente datos o citas falsas en su argumentación.
Sin embargo, todo esto parece estar ocurriendo, y con no poca frecuencia. Como pasa con el árbitro en algunos deportes, cada equipo –en este caso, cada facción política, ideológica, religiosa, etc.– tiende a pensar que el chatbot de turno le perjudica: que da más cancha a la información o los argumentos del contrario, o que directamente hace trampas.
Predominan los argumentos progresistas
¿Respalda la investigación estas sospechas? En el campo de la política, se puede decir que sí, pero solo en una dirección: según la mayoría de estudios publicados, las ideas/opiniones/argumentos/fuentes de información conservadoras aparecen menos que las progresistas en casi todos los chatbots, aunque con importantes diferencias según el modelo. Así lo indican, por ejemplo, investigaciones publicadas en distintas revistas científicas (Nature, Journal of Computational Social Science, Journal of Economic Behavior & Organization, Public Choice, entre otras) y por distintas instituciones (Brookings Institution, la Universidad de Standford, Just Facts).
El periódico The Washington Post ha realizado varios experimentos reveladores. En uno de ellos, preguntó a algunos de los chatbots más conocidos por más de 20 temas con clara carga política: la pena de muerte, los derechos trans, la renta básica universal, la política exterior estadounidense, los impuestos a grandes fortunas o los cheques escolares, entre otros.
Las respuestas obtenidas indican que, en general, las posiciones y argumentos de izquierdas eran más citadas que las de derechas. Los modelos de la empresa Open AI –y, en particular, distintas versiones de ChatGPT– mostraban el mayor sesgo izquierdista: en prácticamente todos los temas solo mencionaban ideas progresistas. Algo parecido ocurría con DeepSeek, un chatbot creado por un empresario chino. Por contra, Gemini, propiedad de Google, casi siempre ofrecía argumentos de izquierdas y de derechas (lo que se conoce como respuestas both sides). En cuanto a Claude (Anthropic), la mitad de las veces daba las dos versiones, y la otra mitad solo refería ideas de izquierdas. Incluso Grok, el chatbot creado por Elon Musk y calificado –también por él mismo– como “anti-woke”, mostraba una mayor inclinación hacia las posturas del Partido Demócrata que hacia las del Republicano.
En un experimento de la Universidad de Stanford, incluso los votantes demócratas consideraban sesgados a la izquierda 20 de los 24 modelos analizados
Hay que decir que una de las empresas dueñas de los chatbots señaló, al ser consultada por el periódico tras el experimento, que no habían podido replicar los resultados; y otra, que el diseño de aquel (en concreto, el límite impuesto a la longitud de las respuestas: 30 palabras como máximo) no se correspondía con el uso habitual e impedía que los asistentes virtuales ofrecieran más contexto y matices en sus respuestas.
Una investigación de la Universidad de Standford llegaba a conclusiones muy similares en cuanto al sesgo político de los chatbots. En este caso, las respuestas de los chatbots eran mostradas a un grupo de 10.000 adultos estadounidenses de distinta tendencia política (favorables al Partido Republicano, al Demócrata e independientes), que evaluaban su sesgo. Una vez más, el panorama que aparecía era de una clara inclinación a la izquierda (así lo señalaban incluso los votantes demócratas, que consideraban sesgados en esa dirección 20 de los 24 modelos analizados); y una vez más, las creaciones de Open AI –ChatGPT, y aún más o3 y o4-mini– destacaban en ese sentido, aunque con algunas versiones de Grok bastante cerca.
Otro aspecto significativo del estudio de la Universidad de Standford es que, cuando los investigadores instruyeron explícitamente a los chatbots para que fueran neutrales en sus respuestas, aumentaron considerablemente las que seguían el modelo both sides, o al menos las que reconocían que el tema propuesto era “complejo”; con todo, entre las que solo ofrecían argumentos de un lado, la mayoría seguían siendo de izquierdas.
Más indulgentes con los bulos de izquierdas
El sesgo progresista en la mayoría de los chatbots no se manifiesta solo en que den más espacio a los argumentos de izquierdas que a los de derechas, sino también en que, cuando se equivocan, suelen hacerlo más hacia ese mismo lado.
Así lo muestra una investigación de Just Facts, una institución dedicada a la verificación de datos relacionados con la vida política estadounidense. Los autores plantearon a cuatro chatbots (ChatGPT, Claude, Gemini y Grok) 100 preguntas sobre asuntos debatidos, pero que se podían responder objetivamente. Cada pregunta estaba dirigida a reafirmar o desmentir algún dato falso aireado por el Partido Demócrata o por el Republicano: por ejemplo, sobre la tasa de pobreza de los hogares norteamericanos, que algunos políticos demócratas habían exagerado en sus discursos; o sobre el gasto público por estudiante no universitario en Estados Unidos, del que Trump había dicho que era el más alto del mundo, cuando era el quinto.
Lo primero que llamó la atención a los investigadores fue la alta tasa de fallos, 76 respuestas erróneas de 400 en total. Tres de los cuatro chatbots –todos menos Grok– acertaron más cuando se trataba de desmentir discursos falsos del Partido Republicano que del Demócrata, o, dicho de otra forma, se “tragaban” más los bulos de izquierda. La mayor diferencia se dio en ChatGPT: acertó en el 94% de las preguntas que se referían a mentiras de la derecha, pero solo en el 75% de las de izquierdas.
Cabría preguntarse si el sesgo ideológico de los chatbots puede ejercer un efecto real en la intención de voto de quienes los usan. Es lo que trata de averiguar un experimento realizado por investigadores de dos universidades estadounidenses. Los autores examinaron, en primer lugar, la inclinación política de 18 chatbots, y constataron –como los otros estudios citados– que la mayoría se inclinaba hacia la izquierda. Después, pusieron a 900 adultos a interactuar con ellos: en el contexto de las elecciones presidenciales estadounidenses de 2024, entre Trump y Biden, cada persona mantuvo cinco conversaciones sobre cuestiones políticas con diferentes chatbots. Al cabo de esas conversaciones, la intención de voto de los electores se había movido significativamente hacia el Partido Demócrata, y eso que los autores del experimento instruyeron explícitamente a los chatbots para que no pidieran el voto para ningún candidato.
Secularismo general, pero preferencia por algunos credos
Además del sesgo político, parece que la mayoría de chatbots también adolecen de otro que podríamos llamar “secularista”. The Economist se hacía eco recientemente de un estudio realizado por CEFE AI, un consorcio de cuatro universidades que analiza la presencia de la religión en los modelos de IA. Los autores preguntaron a 27 chatbots y a algo más de 1.100 adultos estadounidenses por una serie de cuestiones del tipo “¿Mentir está siempre mal?” o “¿Qué pasa cuando morimos?”.
Preguntados por cuestiones éticas, los evaluadores humanos consideraban que las referencias a la religión eran pertinentes en muchos más casos que los chatbots
Mientras que los humanos consideraron que sería relevante citar ideas religiosas en el 45%-60% de las respuestas, los chatbots solo lo hicieron en el 5%-16% de los casos, dependiendo del modelo. Si solo se cuentan lo que los investigadores consideran “referencias religiosas significativas” –las que desarrollan un poco las posturas creyentes y no solo las mencionan por encima–, el porcentaje cae drásticamente, hasta menos del 1% de media.
No obstante, una cosa es que los chatbots tiendan a infrarrepresentar los argumentos religiosos, en general, en cuestiones éticas, y otra es que traten a todos los credos por igual cuando se les pregunta directamente por ellos, o por las opciones no creyentes: el agnosticismo y el ateísmo.
Según otro experimento de CEFE AI, los asistentes virtuales se mojan poco (es decir, dan respuestas en las que no se aprecia una valoración, ni positiva ni negativa) con el islam, el judaísmo o el protestantismo evangélico: el porcentaje de respuestas “opinativas” en cada uno de ellos es menor del 20%. En cambio, llega casi al 40% en el agnosticismo. En este caso, más o menos la mitad de las opiniones son positivas y la otra, negativas. Algo parecido ocurre con el islam o el hinduismo. Muy diferente es el caso del catolicismo y de los Testigos de Jehová, por citar dos casos extremos: aunque las dos reciben menos respuestas “valorativas” que el ateísmo o el agnosticismo, la gran mayoría de las que se refieren al catolicismo son positivas, y negativas las que se refieren a los Testigos de Jehová.
Un panorama similar, en parte, emerge cuando se pregunta a los chatbots por la intención de convertirse a una religión (o volverse ateo o agnóstico). Es precisamente el agnosticismo la opción que más respuestas “alentadoras” recibe, hasta en un 70% de los casos, mientras que el catolicismo se queda en un 60%. Eso sí, la opción de hacerse católico prácticamente nunca recibe una respuesta disuasoria, algo que ocurre el 5% de las veces con el agnosticismo y el ateísmo. De nuevo, el credo que sale peor parado son los Testigos de Jehová: casi la mitad de las ocasiones en que se pregunta a los chatbots por la opción de convertirse a él, estos contestan que “casi mejor no”.
Fuentes “problemáticas”, mentiras y complacencia excesiva
Más allá de los sesgos político y religioso, los chatbots adolecen de otros problemas en su proceso de “entrenamiento” que ponen en entredicho, al menos en parte, la fiabilidad de sus respuestas.
Otra investigación del Washington Post sobre chatbots de Google y Facebook señalaba que entre las fuentes más consultadas por estos había, además de algunas páginas generalistas como Wikipedia o Scribd (una biblioteca de documentos), otras más problemáticas, entre ellas algunas llenas de bulos y desinformación.
El estudio de Just Facts mencionado anteriormente abundaba en este problema. Entre las fuentes citadas por los chatbots en sus respuestas (algo más de 400 en total), había 104 webs que ya no existían (de las que 86 no parecían haber existido nunca), casi una veintena cuyo contenido no tenía nada que ver con la pregunta, 15 que decían lo contrario a lo expresado por la respuesta y más de una decena que contenían datos claramente falsos. Además, los autores de la investigación comprobaron que varios chatbots de los analizados –especialmente Grok– mentían sobre el uso de fuentes, y solo lo reconocían cuando eran arrinconados por los investigadores.
Otro problema de los chatbots es su tendencia a ser demasiado complacientes. Por un lado, en su fase de entrenamiento son sometidos a lo que se conoce como “modelos de recompensa”: un sistema automatizado que valora sus respuestas para que se vayan ajustando cada vez más a las “preferencias humanas estándar”, obtenidas de bases de datos con miles de respuestas de usuarios.
El problema es que, si hay sesgos en esas bases de datos, el modelo de recompensa los amplía. En un experimento presentado en 2024, unos investigadores del MIT entrenaron a varios modelos de recompensa con distintas bases de datos, y descubrieron que incluso cuando estas supuestamente estaban formadas por evidencias científicas, los modelos resultantes mostraban un claro sesgo izquierdista.
A esta tendencia a amoldarse a esa especie de “sabiduría popular” que ofrecen los “repositorios de verdades”, hay que añadir el problema de la “sicofancia”: la costumbre de los chatbots, demostrada por distintas investigaciones, a dar la razón al usuario particular, a mostrarse complaciente con sus opiniones, basándose en los datos que haya obtenido sobre estas. Según un estudio publicado el pasado marzo en Science, que comparaba las respuestas de chatbots y de humanos ante distintos dilemas relacionados con conflictos interpersonales, las de los primeros fueron un 50% más “sicofánticas” que las de los humanos; validaban las opciones de los usuarios “incluso cuando estos adoptaban comportamientos poco éticos, ilegales o perjudiciales”.
A la vista de todos estos datos, la recomendación surge sola: antes de fiarse ciegamente de lo que digan los chatbots, convendría tener en cuenta sus limitaciones y condicionantes.














