Los porqués de Oriana Fallaci

Manolo Rodríguez “Rodri”*
Las hojas del otoño se amontonan en las calles. Ocres, amarillas, grises o verdes caen en cortos vuelos formando mantos que arropan la tierra. “Así caen cada día las almas en la eternidad…” (Camino 736). Así se fue hace 20 años la, quizá, mejor periodista del siglo XX: Oriana Fallaci (Florencia, 1929-2006). Buen momento para revolver en su historia, para leerla de nuevo, para reivindicar su buen periodismo, su combate cuerpo a cuerpo con cada entrevistado.
En Culleredo (A Coruña) los escolares del colegio Sofía Casanova regresan a sus casas, poco conscientes de estar bajo el nombre de la primera gallega que fue corresponsal de guerra. Es una mujer casi olvidada, cronista en directo de dos guerras mundiales y de la persecución de los judíos por los nazis en el gueto de Varsovia. Quizá esta noche una de esas niñas haga los deberes leyendo La historia de las plantas. Era lo que hacía Elizabeth, hace más de cuatro décadas, también en un otoño, el de la Toscana, en Italia. Le había preguntado a su tía Oriana para qué era la maleta que había en el pasillo y la periodista le contó que se iba de viaje. La pequeña, cinco años, decidió que esa noche dormirían juntas, pero antes su tía debería leerle algo de aquella historia de las plantas.
Pasados unos minutos, la niña disparó la pregunta: ¿Qué es la vida? Oriana balbuceó unas frases dubitativas, le habló de los árboles que viven y mueren. A Elizabeth no le convencieron las comparaciones: los árboles mueren en otoño pero reviven en primavera. ¿Las personas también?, volvió a preguntar. Oriana le pidió que se durmiera y al día siguiente le contestaría.
En su libro Nada y así sea, la periodista confiesa que no le contestó porque al día siguiente se fue a Vietnam. Pero no olvidó la pregunta y con ella fue interrogando a los soldados norteamericanos para saber por qué iban a aquella guerra. También preguntó a los militares ¿qué se les había perdido en Vietnam? (Hoy Oriana les preguntaría por Ucrania, Gaza, Etiopía…).
El general Loan, aquel inmortalizado en un premio Pulitzer de fotografía matando a un vietnamita, vestido de civil, con las manos atadas a la espalda, recibió a la periodista en su despacho, adornado con flores, y le contó por qué había matado a aquel hombre a sangre fría.
Oriana Fallaci no encontró respuestas convincentes en Vietnam, ni siquiera en los diarios personales de los soldados del Vietcong. Así que buscó argumentos en México, en la plaza de las Tres Culturas. Mientras el mayo francés explotaba en París (algo que parece repetirse estos días), en aquella plaza mexicana, tomada por los estudiantes, silbaban las balas de los militares disparando contra ellos. Los uniformados los acusaban de comunistas. Oriana recibió varios balazos.
Hace cuatro décadas, esta mujer-periodista o quizá fuera una periodista-mujer, preguntaba a Yasser Arafat por los palestinos y su patria ocupada, al Sha de Persia por sus sentimientos, ocultos bajo un manto de lujo, y no conforme con ello se atrevió a entrevistar a la Historia y a escribirle una carta a un niño que llevó en sus entrañas pero no llegó a nacer.
Hoy, las Orianas Fallaci apenas ocupan cargos directivos, pero son mayoría en las facultades de periodismo, en las redacciones de los periódicos, en las radios, en las televisiones. Sin embargo, parecen haber olvidado los porqués, no se preguntan por la vida, sólo copian o graban o filman los aburridos discursos de insulsas ruedas de prensa. Pocas veces interrogan, si es que al político de turno no le da por soltar su rollo y huir de las preguntas.
¿Cómo es posible que los periodistas, mujeres y hombres, acepten -salvo unas cuantas contadas excepciones- convertirse en voceadores, en simples altavoces? Quizá sea lo más fácil, porque si preguntas, si al quién, cuándo, cómo y dónde de cada día le buscas el porqué puedes acabar complicándote la vida, como Ana Politkóvskaya. La periodista rusa había dicho: “Mi oficio es buscar y escribir la verdad. En la Rusia de hoy tienes que exponer la vida o callar; si abandono para salvarme, entonces capitulo ante el poder y abandono a mi país y a mis compatriotas. ¿Quién tomará el relevo?”.
Buena pregunta, porque quizá se van extinguiendo las mujeres periodistas como Sofía Casanova o Ana Politkóvskaya, o las periodistas mujeres como la Fallaci, capaz de interrogar desde el borde de su propio féretro al Dulce Cristo de la tierra, como le llamó su paisana y escritora, Catalina de Siena, al Papa, al jefe de la Iglesia. Comida por un cáncer, Fallaci se fue a ver a Ratzinguer y siguió preguntando a quien habla de otra vida, del mas allá: Ahora que me muero, ¿a dónde voy?
En un bosque de Toscana, las hojas del otoño caen sobre la tumba de esta periodista mujer. En los jardines del Relleno de A Coruña caen las hojas frente a la escultura firme y oronda de Emilia Pardo Bazán, otra periodista gallega, corresponsal internacional, precursora, junto a Sofía Casanova, de las Fallaci, las Politkóvskaya y de tantas otras. Las hojas caen en cortos vuelos, verdes, amarillas, grises… son los colores de los diarios, de los noticiarios, de los informativos cuando han perdido los porqués de Oriana.
*Periodista, vicepresidente de iCmedia Galicia
Imagen: Edoardo Perazzi // Agencia GETTY














